start2Vivimos en un mundo conectado donde, con sólo pulsar un botón, puedes trasladarte a la estepa siberiana, aprender a bailar mambo, estudiar chino o escuchar a una gran filarmónica, por ejemplo. También podemos vivir en directo la caída de rascacielos, tsunamis y terremotos, guerras y asesinatos, acceder a la prensa de otros países y traducir al instante las noticias, ver vídeos caseros de gatos llevándose sustos o delfines haciendo piruetas en el medio del océano, personas tirándose en paracaídas desde la estratosfera o recrear la construcción de una pirámide en tres dimensiones.

El mundo ha cambiado tanto y tan rápido que si te despistas pasa de largo.

Nuestra niñez parece tan diferente a la actual como la noche y el día. Cuando nosotras éramos pequeñas te enterabas de las cosas con retardo, como si escuchases debajo del agua. Nos obligaban a comer todo porque miles de niños morían de hambre, pero apenas teníamos constancia de ello. Si estábamos resfriadas había que meterse tres días en la cama y el jarabe nos lo daban con cuchara. Comíamos galletas chiquilín con nocilla cuando nos portábamos bien, y recibíamos un par de azotes en el culo si “contestábamos”. Hasta los doce años ibas vestida igual que tu hermana sin protestar, en pleno enero llevábamos las rodillas al aire, Papá Noel era casi un desconocido que no solía dejarnos ningún regalo porque tampoco se lo pedíamos y los únicos extraterrestres que conocíamos siempre eran marcianos.

Nuestra adolescencia tampoco parece igual que la de hoy. En los guateques se bailaba en pareja dos de cada diez canciones y no usábamos biquini, pintauñas, zapatos de tacón o maquillaje hasta ser adultas. Había sólo dos cadenas de televisión, antes de emitir escenas fuertes en el telediario nos advertían que podían herir nuestra sensibilidad, y la película de Sábado Cine la veían 25 millones de españoles simultáneamente, a no ser que tuviese dos rombos. Finalmente nos acostábamos después del himno nacional y la carta de ajuste, y el único botón que pulsábamos a diario era el del viejo ascensor, que se paraba si abrías la puerta en marcha.

Vivimos una época de grandes cambios, la tecnología está presente en todas partes y los avances científicos harán que muchos puedan vivir cien años en buenas condiciones. Esto también afecta, y mucho, a la duración de las relaciones familiares.

Las familias actuales no tienen que ser como las de antaño y no tenemos por qué estar toda la vida al lado de la misma persona si no queremos hacerlo. Hoy es normal que una pareja decida disolverse y formar una familia nueva en la que también tienen cabida los hijos de anteriores relaciones, se adoptan niños de cualquier edad y país, parejas homosexuales pueden concebir o adoptar niños y ya ni siquiera es imprescindible vivir en pareja para tener hijos.

Ahora, con sólo pulsar un botón, nosotras también podemos lanzar al mundo nuestras ideas, consejos, anécdotas y artículos, contar cosas grandes y pequeñas, comentar todo aquello que nos llama la atención, compartir nuestras vivencias con vosotros para ayudar a que las familias crezcan, evolucionen y se adapten a las distintas fases, y convertir esta aventura de formar una familia, o más de una, en algo que disfrutéis y de lo que os podáis sentir orgullosos.
Ahora sólo falta pulsar el botón para que entremos en contacto, y eso debéis hacerlo vosotros.

María y Mercedes