¡Dichosas rabietas!

Imaginemos al pequeño Nico, de cuatro años, que quiere desayunar gominolas y le decimos que no. Nico comienza a llorar, repetimos que no, llora más fuerte, no, más fuerte todavía, no, se tira al suelo y patalea, lo cogemos en brazos y se retuerce como una anguila, pues ahí te quedas llorando, nos persigue con su llanto, no nos deja en paz, ya nos empieza a desesperar, llora llora y llora, ¡toma las dichosas gominolas, pesado, pero cállate de una vez!Nicolás deja de llorar en el acto y sonríe.

Los padres suelen explicar que no han sido capaces de hacerle entender a su hijo que no podía desayunar golosinas y al final “se las tuvieron” que dar, y llegan a la conclusión de que el niño es demasiado pequeño para entender sus explicaciones y hay que esperar a que crezca un poco. Mientras tanto las rabietas se hacen habituales y los padres parece que esperan que desaparezcan solas.

En realidad Nicolás tiene una perfecta capacidad de aprendizaje, ¿y qué ha aprendido?, pues que si llora y patalea lo suficiente puede conseguir lo que quiera. A medida que crezca, cuando nos parezca que ya puede entender lo que le explicamos, las rabietas serán más intensas, y gritará más y durante más tiempo, e incluso puede que aparezcan elementos nuevos como golpes o insultos.
En este vídeo podemos ver un ejemplo de cómo se comporta un niño pequeño en pleno berrinche, llora, grita y se tira al suelo pero en cuanto los padres desaparecen de su vista se detiene, los busca y cuando sabe que lo están mirando empieza de nuevo su numerito, así una y otra vez.

¿Entonces qué deberíamos hacer? Cuando el niño hace una demanda decidimos si la podemos satisfacer o no, negociando con él, incluso aunque sea pequeño. Podemos decirle, si seguimos con el ejemplo de las gominolas, que si desayuna normalmente puede tomar una sola golosina, o que no puede tomar ninguna, lo que decidan los padres. Si empieza a llorar nos ponemos a su altura y le decimos que cuando esté tranquilo, sin llorar, hablaremos con él, pero que no le vamos a dar la golosina aunque llore. Si la rabieta aumenta de intensidad lo mejor es desaparecer de su vista, como hacen los adultos del vídeo. Si no cedemos a su capricho al final el niño dejará de llorar, aunque sea porque está agotado. En ese momento, cuando está tranquilo, podemos darle un abrazo y explicarle que nos gusta mucho que esté así, sin llorar ni gritar, y quizá pactar un momento adecuado para darle la golosina más tarde.
Si nos mantenemos firmes en esta actitud el niño aprenderá que las rabietas sólo sirven para que sus padres lo ignoren, y para él no será “rentable” tener una pataleta, con lo que más pronto que tarde abandonará esa conducta.

Lo mejor es que esto funciona con cualquier niño, incluso aunque ya esté acostumbrado a enrabietarse para conseguir lo que quiere. Sencillamente nos costará un poco más adaptarlo a la nueva situación y quizá los padres tendrán que aguantar berrinches peores un par de veces, pero funciona.