Cuando yo era niña, cualquier actividad que se hiciera de noche era para mayores. A partir de las diez todos los niños estaban en la cama, fuese festivo o verano, salvo rarísimas excepciones. Los padres salían al cine o a cenar con amigos porque eran mayores, pero los niños se quedaban en casa al cuidado de algún adulto. Digamos que la luna la veíamos más en fotos que al natural.

Hoy es distinto, los niños van con los padres a casi todas partes, sea de noche o no. Por un lado se ha roto algún tabú con los horarios infantiles nocturnos, sobre todo en fin de semana y vacaciones, pero además ya no se cuenta tanto con cuidadores que se ocupen de los niños mientras los padres se divierten, no solo por una cuestión monetaria, que también, sino porque la familia actual opina que llevar a los niños a muchos eventos es estupendo.

Actualmente el ocio de la familia se centra en los hijos en un porcentaje enorme, y no es raro que los padres te digan que hace mucho tiempo, incluso años, que no van al cine en pareja, o incluso que nunca han dejado a sus hijos dormir en otra cama que no sea la suya.

Los niños están más presentes que nunca en la vida social, las actividades de los ayuntamientos se ocupan principalmente de entretener a los más pequeños, las grandes superficies emplean kilómetros de estanterías con productos infantiles, los anuncios de televisión utilizan niños para inclinarnos a comprar coches, comida o papel higiénico y la agencias de viajes promocionan descuentos para los más pequeños. El mundo de hoy es, sin duda, de los niños.

Sin embargo, tanta exposición a esos locos bajitos agota no solo a los que no tienen hijos, a los padres también. Quién no haya deseado irse una semana a una playa con palmeras, y poner cinco mil kilómetros de océano entre él y sus churumbeles, que tire la primera piedra. Y si la playa es silenciosa mejor, como mucho nativos hawaianos moviendo las caderas con música suave, o pajarillos caribeños dando ambiente.

Bien, visto el panorama a algunas personas se les ocurrió vetar la entrada a niños en sus restaurantes u hoteles, y ahí llegó la polémica. ¿Discriminación e injusticia, o proporcionar tranquilidad a quien lo demande? Todos los padres y madres que soñaban con la playa y las palmeras se indignan con semejante desfachatez, tratar a los niños como apestados cuando son nuestro futuro, gente desalmada y sin corazón, etc. La liga de amigos de los niños ataca sin piedad, los gobiernos toman cartas en el asunto blandiendo legajos y movilizando tribunales, hay que aplastar a los disidentes.

Quizá sea esta una contradicción del ser humano. Todos nos quejamos en algún momento de nuestros hijos. Nos lamentamos de dormir poco, aguantar gritos y rabietas, que monopolicen el televisor, se peleen entre ellos a gritos, y un largo etcétera.

Pero ay del que se atreva a criticarlos abiertamente.