A los niños les gusta estar entretenidos, y cuando no lo consiguen se quejan con el dichoso “me aburro”. Los padres de antes nos decían que leyésemos un libro o jugásemos con nuestras cosas, pero los padres de ahora tienen un recurso infalible: prestarle su teléfono móvil y dejarle ver vídeos de dibujos animados, juegos, fotos o incluso nuestro chat.

No estamos en contra de la tecnología, pero sí de su abuso. ¿Qué aprenden estos niños y niñas, con constantes estímulos audiovisuales desde bebés?: Que los momentos tranquilos, sin una pantalla delante de las narices, son inútiles y aburridos.

Sin embargo, unos minutos de aburrimiento son necesarios para aprender a pensar y hacer reflexiones relajadas sobre el mundo que nos rodea. Los niños de antes eran capaces de jugar con un palo y una caja de cartón, y realmente también se puede jugar a lo mismo hoy en día. No son imprescindibles tantos colores, sonidos y movimientos. No es necesario tener una pantalla en el reposacabezas del coche para trasladar a nuestros hijos-robots de un lugar a otro sin que protesten.

He conocido padres que cada noche dejan que sus hijos se duerman delante del televisor. Esos niños no son capaces de dormir con la luz apagada y en silencio porque están hiperactivados, habituados a quedarse dormidos rodeados de acción y sonidos.

También hay adolescentes que estudian con música pop a todo volumen y dicen que les ayuda a concentrarse, pero no es cierto aunque se lo crean.

Los niños y niñas de ahora tienen problemas para estar en un ambiente tranquilo porque lo consideran aburrido, por ejemplo en clase, en un museo, dando un paseo por el campo o la playa. Los estímulos que allí encuentran son de otro tipo, exigen mayor atención por su parte para apreciar los detalles, los colores, los sonidos, objetos y animales, olas, árboles, nubes…, todo puede ser interesante y aprendido si les permitimos apreciarlo.