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Nadie duda hoy en día que en el último siglo la tecnología ha sido el gran motor de avance de la humanidad, sin embargo cada vez que surgió un invento nuevo se alzaban voces catastrofistas para asustarnos a todos. Cuando llegó el tren parecía el final del mundo y cuando apareció el teléfono hubo un artículo en el New York Times, en primera plana, relatando que este invento destrozaría la sociedad y nunca más se saldría de casa.

Ya sabemos por experiencia que la tecnología ha traído avances muy beneficiosos para la humanidad, hasta aquí todos estamos de acuerdo, pero ¿qué pasa con los videojuegos?

En nuestras sesiones de Terapia Familiar, muchos padres y madres se muestran muy preocupados porque creen que los videojuegos son peligrosos, que van a hacer a sus hijos más violentos, más introvertidos y aislados o que van a perder capacidades mentales.

Nada más lejos de la realidad. El Ministerio de Educación y Ciencia colgó en su web un informe sobre “Videojuegos y Educación, 2011”, que habla de los beneficios de su uso, incluso de los que tienen contenidos violentos.

“Los usuarios, cuando juegan, liberan tensión acumulada y descargan la agresividad sin que aumente el neuroticismo. Los resultados de esta investigación demuestran que la agresión en el contexto de los videojuegos aplaca los impulsos agresivos de los niños y es una manera socialmente aceptada de fomentar la asertividad.”

No olvidemos que todos los niños de cualquier época han jugado a juegos violentos, indios y vaqueros, soldados, polis y cacos, etc., y ello no implicó necesariamente que se convirtiesen en adultos violentos. En cuanto a los adolescentes, “Klein afirma que los videojuegos pueden ayudarlos a regresar a la niñez por un tiempo, pero ellos saben que es un juego, por lo tanto las actitudes narcotizantes y la habilidad de suspender la realidad que se le atribuyen a esta clase de productos infográficos se disipa pronto y los dilemas y conflictos cotidianos vuelven a emerger. Hull corrobora esta tesis diciendo que los videojuegos son un “artefacto cultural” que provee a los adolescentes masculinos de un particular tipo de experiencias que sirven para neutralizar los impulsos agresivos primarios.”

Con esto se quiere decir que un videojuego violento puede servir como vía de escape emocional, con lo cual en la vida real se está más tranquilo pues se ha saciado ese impulso agresivo que todos llevamos dentro. Pero pueden proporcionar muchos otros beneficios: “Marqués y Silvern concluyen en sus investigaciones que los videojuegos, al fomentar el tesón por acabar unas tareas y alcanzar unas metas, producen un aumento de la autoestima debido a la satisfacción por la consecución de los objetivos propuestos. Además no sólo entrena y fortalece la memoria sino que también aumenta el interés hacia determinadas temáticas produciendo altos niveles de desempeño en sujetos con dificultades de aprendizaje. La nueva generación de videojuegos, con mayor realismo audiovisual y nuevas temáticas, aumenta la interactividad proporcionando mayor distracción y diversión, favoreciendo en gran medida la creatividad, la concentración, la imaginación, la iniciativa y la autonomía al abrir nuevas perspectivas.”

En conclusión, es comprensible que los padres se preocupen por estos nuevos “juguetes” que no conocen ni acaban de comprender, pero es necesario apelar al sentido común. Prohibir una herramienta tan atractiva, que utilizan además todos los niños del cole, puede provocar en nuestro hijo frustración, incomprensión y rebeldía. Por supuesto no es bueno que un chaval se pase tres horas diarias delante de la pantalla, pero igual de malo sería que se pasase leyendo libros toda la tarde sin relacionarse con sus iguales.

¿Entonces pueden nuestros hijos jugar con cualquier videojuego?

No, es responsabilidad de los padres conocer los contenidos del videojuego que compran a sus hijos, comprobar que estén adaptados a su edad y controlar el tiempo que juegan al día (lo aconsejable sería no pasar de tres horas semanales), y no olvidemos que algo que les resulta tan atractivo puede ser una herramienta poderosa para utilizarla como recompensa después de hacer sus tareas diarias.